Fidel y Martí: las doctrinas de Maestros

No es casual que desde que la noticia de su muerte puso un triste titular en nuestras almas, en varios países latinoamericanos la gente común acude a homenajearlo frente a estatuas de Martí. Los pueblos, que no se equivocan, entendieron desde el principio que en ningún sitio habita tanto el Comandante de Cuba como en aquel donde se encuentre su Maestro nuestro.

Desde hace mucho, Fidel dejó claro que debía a José Martí sus sentimientos patrióticos y el concepto profundo de que patria es humanidad. «La audacia, la belleza, el valor y la ética de su pensamiento me ayudaron a convertirme en lo que creo que soy: un revolucionario», afirmó una vez, respetuoso y modesto, el Jefe de la Revolución.

El guía que despedimos no fue nunca un martiano pasivo. En marzo de 1949, cuando marines yanquis profanaron la estatua del Héroe Nacional en el habanero Parque Central, la ola de indignación levantada en el pueblo tuvo un nombre en la cresta: Fidel Castro, quien encabezó la protesta frente a la entonces omnipotente embajada de Estados Unidos.

La preparación del millar de jóvenes dispuestos a asaltar, en Santiago y Bayamo, la mañana de la Santa Ana, tuvo en sus presupuestos el pensamiento del genio de calle Paula, tanto el expuesto en las bases del Partido Revolucionario Cubano y en el Manifiesto de Montecristi como en el continuo goteo de luz que el Héroe de Dos Ríos nos dejara, como itinerario de la victoria, a lo largo de su vida.   

La Generación del Centenario, ejemplarmente conducida por Fidel, fertilizó con el legado del Apóstol su postura antimperialista, su entrega sin condiciones a la libertad de la patria y la visión de que solo en las masas residen la necesidad y la posibilidad de construir, desde la lucha unida, un futuro de justicia y progreso.

Tal nutriente patriótico quedó plasmado —¿por accidente?— en una imagen de 1953, poco después de que, a nombre de Cuba, el rebelde de Birán asaltara el cielo en el Moncada: en el Vivac de Santiago, Fidel fue fotografiado delante de un retrato de Martí. Verlos juntos permitió entender mejor su frase de aquellos tiempos: «traigo en el corazón las doctrinas del Maestro». Al cabo, solo hace falta mirar la obra de uno y otro para constatarlo: eran, y son, un hombre en dos rostros.

Para nuestra libertad, para el avance de Cuba y el equilibrio del mundo, Martí dejó claves que, en la telaraña del tiempo, ningún terrícola interpretó con la claridad de Fidel Castro y que nadie como él supo convertir en frutos. Siendo nuestros más elevados jefes morales de la independencia, José Martí y Fidel Castro comparten los genes patrióticos de Céspedes, ese «padre de todos los cubanos» que no pudo concebir, para sus filas, mejores hijos-soldados.

Como el Héroe Nacional, Fidel se ubicó desde temprana edad en la senda de los humildes. Del muchacho que escapaba de casa y pasaba ratos con pobrísimos haitianos salió el estadista que emparejó, para el guajiro, la altura de los palmares. Su hermano Ramón lo contó a su manera: Don Ángel esperaba un abogado que cuidara sus intereses de hombre con tierras y recibió al líder que firmó la reforma agraria. Porque en un mundo injustamente plano, Fidel fue siempre la buena paradoja.

Fidel y Martí comparten el raro don de multiplicar las fuerzas. Esos siete fusiles que sumó con Raúl en Cinco Palmas y le hicieron exclamar que «¡Ahora sí ganamos la guerra!», recordaron la confianza del Delegado del Partido Revolucionario Cubano cuando, al desembarcar con Máximo Gómez y otros cuatro hombres por Playita de Cajobabo, en una noche encrespada, refiriera una «¡dicha grande!» pese al azaroso arribo. Como todos los auténticos, el símbolo fue enlazado por la visita de Fidel al sitio el 11 de abril de 1995, justo un siglo después: cual una montaña verde contra el negro de esa noche, el Comandante ondeó la misma bandera por la que llegó Martí.

Ambos fueron creadores y líderes de partidos, ambos recorrieron miles de kilómetros de exilio, con exiguos bolsillos personales, recaudando dinero, armas y disposición para armar una Revolución que sigue siendo la misma. Y ambos alertaron que solo aquellos que la levantaron —los propios cubanos— están en capacidad de hacerla caer.

Fidel no fue jamás un mero heredero martiano. Si bien le leyó desde temprano, y en el encierro en el Presidio Modelo se acompañó, entre otros, de libros del Apóstol cuyas líneas marcaba sin cesar, su trayectoria fue creativa y enriquecedora, al punto de servirnos de puente entre el sueño martiano y la realidad de ahora. Aunque todos sentimos que había en él hacia Martí como una variante de la pregunta que un día le hizo Camilo: «¿Voy bien, Maestro?». 

Los dos suman, para Cuba, periodismo y reflexión, cartas conmovedoras, discursos que no caducan, seguidores convencidos, obra hecha y ejemplo a chorros. Y, con algo más que el doble del tiempo vital que Martí, Fidel pudo concretar aquella vindicación de Cuba que el Maestro, indignado y agudo, hiciera contra quienes dudaban de nuestro pueblo.

Nunca supieron odiar porque vieron que con bajas pasiones no se hace la independencia. Ni españoles ni estadounidenses tuvieron, en uno u otro, adversarios personales. Sus prédicas, como sus miras, han ido a la esencia. 

Es Fidel Castro, el líder que puso en marcha la República martiana con todos y para el bien de todos, con la dignidad plena en el centro. El guía que siempre habló de Martí más que de sí mismo y veneró junto al pueblo la inmensa galería de héroes de esta reducida Isla.   

Es el jefe que no halló para su columna, la primera en la Sierra, mejor nombre que José Martí. El que, tras mucha pelea, traslada tácticamente su estado mayor y se va a Santa Ifigenia en otra Caravana de la Libertad a velar por Cuba desde allí, cerca de las lomas, a la vera del Maestro.

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