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Tres tablones de cedro

Dicen que, ya septuagenario, cuando incluso una pierna había abandonado su camino, Jaime solía sentarse en un taburete a contarles a los nietos la intensa anécdota de su vida, aquella de sus 14 años, cuando de manera inocente  tuvo contacto con el hecho luctuoso más grande de la Historia de Cuba: la muerte de José Martí.

El año 1895 andaba por mayo y el muchacho vivía en el mismo caserío oriental de Remanganaguas donde había nacido. En medio de una desolación sin horizonte ayudaba a uno de sus tíos a vender comida y bebidas en un puestecito irónicamente llamado La Dichosa.

Aquellos fueron los días menos dichosos del mundo, pero seguramente le llevó tiempo comprenderlo. El lunes 20 la llovizna trajo una gran caballería hispana y él corrió a verla, junto a una bandada de vejigos de su tamaño, sin sospechar que la tarde anterior, poco después de la una, esos mismos hombres que llegaban le habían cortado un pedazo a la esperanza.

Se busca una voz, viva o no muerta


Tal vez sí. O quizás no. ¿Quién sabe si sea cierto que su voz está apenas dormida en dos cilindros de cera, aguardando una fecha para sorprendernos con frase desconocida?

Es posible que él y Thomas Edison se hayan encontrado en el bullicio de Nueva York y decidieran que una expresión del genio del pensamiento debía registrarse en un aparato del genio de la inventiva para esperar un futuro que a ambos les era demasiado familiar.

Hay quien sugiere, para dejarnos más golosos de la esperanza, que la jornada haya sido aquella sublime y única del 24 de mayo de 1893 en Hardman Hall, donde Rubén Darío estuvo a su lado en discurso patriotico con talante de alumno emocionado que en un abrazo recibió este saludo:

¡Hijo!

Un fonógrafo: en esta época de máquinas inteligentes y otras no tanto, doy ahora mismo mi reino de ansias por un fonógrafo, uno que tiente con imanes de reverencia esos perdidos cilindros de histórica geometría, hechos con la cera precisa de la virtud. 
 

De maestro a Maestro

Pese a que le abundaban en el aula hombres curtidos, en aquellas jornadas parecía profesor del arcoiris: alumnos adultos de todos los colores (incluidos muchos negros de clarísima nobleza) le escuchaban en las noches de los jueves en el aulita de Nueva York adonde llegaba después de dar a otros sus clases de Gramática Española.

Lo bello insólito era que aquellas lecciones de libros y vida, de las más exquisitas a que pueda aspirar recibir cualquier ser humano interesado en crecer, eran absolutamente gratuitas: el hombre cuya palabra se empinaba encima de su frente no solo (se) enseñaba en cada velada: (se) regalaba también.

De ese modo fue que hizo en extremo afortunados a huérfanos de fortuna. Era lógico entonces que justo a la entrada de la Sociedad La Liga una placa remarcara una divisa: Razón.

Letra a gesto, en la Liga creció, de la semilla de un hombre, el fruto de un nombre: el Maestro.

Un hombre en cubierta mirando a La Habana

El Celtic, buque en que llegó a Nueva York desde Liverpool, el 14 de enero de 1875
Tal vez ningún libro lo diga en letras claras, pero puedo verle en cubierta  la angustia silente, el andar dolido, la impaciencia alerta: está en su Cuba y en su Habana, pero no baja a tocarlas. Regresa de su primer exilio hispano, va hacia México a dar y recibir sus mayores calores de familia, y la costa querida, mil veces soñada en camas prestadas de Madrid y Zaragoza ―con recuerdos por almohada―, se le torna lejana pese a tenerla allí, tan cerca de esos ojos que la escudriñan cual buzo de tierras y viajero de almas. 

El joven Martí había cumplido su deportación por ser patriota, había vencido carreras, había amado mujer y luchado por Cuba en el centro mismísimo de esa España de Mariano y Leonor que tuvo con él la relación todo entraña de legarle la sangre y pelearle la tierra. 

El vapor City of Mérida, aquel que cuatro octubres atrás había llevado a Nueva York el exilio tan digno de Ana Betancourt de Mora, surcaba en el mar los inicios del año 1875.  Pepe lo tomó en Nueva York, el 26 de enero; a bordo de él cumplió sus 22 años y yo digo ―sin libros que atestigüen esos cariños silvestres que no requieren tomos, ni folios ni decretos― que su único regalo fue esa proa afilada que le cortaba olas como se apagan las velas encendidas, una a una, en pos de acercarle a sus seres amados.