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¿Quiénes son los pinos nuevos?



Una interpretación limitada cercena a menudo el concepto martiano de la unidad: con la intención de convocar a los jóvenes a las mil y una tareas de la Revolución, se les suele llamar “los pinos nuevos” ―así, con el artículo de una presunta exclusividad― dejando a un lado, cual si fuera hojarasca seca, a todo cubano al que le hayan mermado ciertos vigores meramente físicos.

Martí, quien murió en plena juventud ―aunque sus definitivos 42 años no clasificarían en el esquema actual que, al menos en Cuba, parece fijar la valla del “límite” en los 35― veía la idea de pinos nuevos como una nueva oleada por la independencia en la que se integraban, gota a gota, los padres, los nietos y los abuelos. Martí era un hombre de todas las edades y desde esa cualidad él, que desde adolescente reconocía una especie de halo de vejez en torno suyo, nos dejó en su pensamiento, su escritura y sobre todo en sus actos, las mayores pruebas de una identidad permanentemente inquieta, creativa y juvenil, aunque tatuara su estela con la gravedad de su causa y la seriedad de su amor.

Cuatro o cinco canas

No quiero hacer lo que el respetado barbero que en Cayo Hueso le ofreció un día quitarle aquellas cuatro o cinco canas primerizas que creía lástima dejar en tan buen pelo.

Martí, que también le declinó olorosa colonia, le dijo que no: además de no pesarle, aquellas hebras blancas jamás aumentarían porque el destino no les permitiría nuevas compañeras.

Yo voy a hacer lo contrario del fígaro que pelaba como cosa común la más preciada cabeza que (se) haya dado Cuba: voy a guiar con estos índices buscadores una tijera de filo diferente, que siembre y multiplique aquellos cuatro o cinco canales de sagrada luz.

Una tijera cuyo corte alargue, en vez de tajar, el hilo que otros esperan que ella corte. Y en lugar de Colonia, voy a ofrecerle a mi cliente aromas de Patria que él no querrá  soslayar.

En fin, quiero un José canoso. Quiero un Martí barbudo y también viejo. Uno que, siendo Pepe, provoque en todos el amoroso lugar común: ¡es el vivo retrato de Mariano!  Pero lo quiero así, vivo no solo en la metáfora. O al menos lo sueño más durable.


La otra Virgen

Esa tarde aprovechó el impulso del caballo Baconao y subió a galope los trece cielos mayas con la idea de hallarla. Pese a que el nombre sugiriera lo contrario, dejó plantado abajo nada menos que a un Ángel de la Guard(i)a que ya no le serviría, porque se aprestaba a un combate demasiado personal.
 
Cuentan que sin sacudirse el polvo de Dios Ríos preguntó cómo se llegaba hasta ella y, tras no pocas confusiones, algún alma dadivosa le indicó el sendero entre nubes hasta aquella imagen digna de estatuas.
 
―Yo busco a María -susurraba discreto, casi disculpándose.
 
―¡Claro, la Virgen...! -decían en seguida y él, con modestia soberbia, respondía que sí pero no, no era esa la suya...
 
―Mi María es tan bella, y tan santa, como aquella, mas es otra -arengaba a la sombra de un ala el poeta enamorado, subido en una nube que servía de improvisada tribuna a la que ya le llovían los aplausos.
 
En la tierra retumbaba todavía un babélico diálogo de metales pero él no lo escuchaba. A esa hora, el Apóstol caído tenía la misión de impedir que ella se le escapara, viva de amor, de la muerte. El maestro de ternuras se centraba en vivir en el Cielo su oportunidad imposible con la Niña de Guatemala.