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Otra mano en la mano de Martí

Aunque cierta norma no escrita parece prohibir a los hombres de Cuba aludir personalmente a la tristeza, admito que esa tarde terminé triste. Aun días después, pasada la página de la sublime presentación que nos regalaron aquellos muchachos y filtrada en la tierra la lluvia de aplausos que les dimos a cambio, la zozobra gobierna sin pausa mi cabeza.

Habíamos asistido a una importante reunión gremial y, casi como un bálsamo para esas cubanísimas tensiones interiores de las que no escapa la prensa, un grupo de niños nos acogió en su sede para mostrarnos sus dotes y abrirnos sus almas con la salvedad de que, esa vez, hicieron más lo segundo que lo primero. 

Fueron casi dos horas de magia pero al cabo, mientras a un son contagioso casi todos los colegas salieron animadísimos, rendidos «a punta de verso y acorde» por el arte, yo acabé —¿irremediablemente?— triste.

Ese misterio que merece plena compañía



Duele escribirlo, pero no pocos cubanos huyen despavoridamente de José Martí. No en la palabra, que a menudo consigue disfrazarlos, sino en los hechos, ese fiel autorretrato de cada uno. Se alejan un paso de la órbita limpia del Apóstol y muy pronto pierden brújula y gravedad en la andadura moral de esta centuria.

Martí no les conviene. Ese hombre de ropa escasa, de comida frugal, de hondo calado, de cero tienda y tanta alma es un adversario formidable de los esclavos de las marcas y los cultores de lo superfluo que han crecido también aquí, en las márgenes del proyecto cubano, y que a la sombra de unos cuantos billetes pretenden acaparar los beneficios de un proceso que pertenece a todos los cubanos.

Porque junto al pueblo que lucha pulcramente —y que con justicia recibe la mayor parte de las miradas de la prensa— han proliferado vanidades, egoísmos, ambiciones… que se erigen en negación frontal del ideario del héroe de Dos Ríos.


Sácanos del error, Martí

Martí, Martí, mejor amigo mío:

Vísperas de una gran marcha, yo pienso en ti. Es que sin un cesar yo pienso en ti. Ya sé que probablemente en esta espera de 28 de enero prefieras reunirte con Fermín, o dar abrazo hermano al negro Juan Gualberto, o comenzar charla de íntimos con el cuate  Manuel. O acariciarle a Leonor sus ojos cansadísimos, cercados por las nubes. O venerar en cena cumpleañera la barba transparente que marca el Polo Sur en la cara serena de Mariano.

O muy probablemente optes por reconquistar de un versazo incontestable a Carmen, la bella rodeada de tormentas. O por armarte (antes de ataque) de enormes besos que llenen los pies ya no pequeños de esa extensión de ti que cierta vez llamaras Ismaelillo. O por invitar a tu mesa de frugales grandezas a algún compatriota de paso geográfico y peso patriótico y prepararle un chocolate con el aroma blanco y carmelita de esas manos tuyas que encienden las tribunas.

Pepe, el Pepe más cubano:

Ya sé que para este 28 pudieras regalarte una entrada al teatro y sentirte mejor con aplaudir a otros que recibiendo aplausos. O tal vez te decidas por ver la exposición de las pinturas más recientes: ¡esos impresionistas que tanto te calaron!. Sé que pudieras viajar, de Tampa al Cayo, trayecto tabaquero que incluye viceversas, o quién sabe si irías a ver al Viejo Gómez, el padre del buen Pancho que en meses te auxiliara.

No voy, mi mon ami a interrumpir tu “fiesta”. Pretendo solamente hacerte una pregunta: ¿cuándo nos sacarás de este error de creer que somos nosotros quienes llevamos las antorchas en tu día? ¿Cuándo echarás a un lado la modestia para decirnos que en todos estos años titulamos muy mal todos los homenajes? ¿Cuándo dirás, al fin, que la antorcha eres tú?

Respóndeme, Martí. Sé justo, como siempre.