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(Auto)retrato de maestro
Esta vez, el amo de las palabras duda de su arsenal: “Y ¿cómo quiere que en algunas líneas diga todo lo bueno y nuevo que pudiera yo decir de aquel enamorado de la belleza, que la quería en las letras como en las cosas de la vida, y no escribió jamás sino sobre verdades de su corazón o sobre penas de la patria?”
La estampa va dirigida a Enrique Trujillo. A medida que se llena de palabras, el papel no parece papel y El Porvenir tampoco semeja un periódico neoyorkino; ese día de julio de 1891 ambos se convierten, de un plumazo hondo y conmovido, en un retrato: el de Rafael María de Mendive.
El pintor no es otro que Pepe Martí. Han pasado poco más de cuatro años y medio de la muerte de Mendive y el que se convertiría en nuestro Maestro quiso escribirnos del suyo.
Vapores con cartas de Pepe
| Leonor y Pepe sostuvieron una perenne preocupación mutua |
Martí pensaba y hacía dos revoluciones a la vez: una por Cuba, esa novia cautiva que le enlutaba el traje y le acompañaba firme en su dedo —en el anillo hecho con los grilletes del presidio—, y otra de amor personal, preñada igualmente de cariños y dolores. Su dominio de la palabra, que le permitió desde tierra distante levantar en armas un pueblo entero, no pudo en cambio librarle de reproches e incomprensiones de algunos de sus seres más queridos.
Fotografía del hombre taciturno
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| José Francisco pudo lo que ningún fotógrafo: retratarle una sonrisa a su padre |
Aún nos contempla desde sus fotografías, hechas para que él nos vea y no al revés, como suele creer la mayoría de los mortales. Desde el infante de adulta mirada que a los 9 años posó con una medalla al pecho —como si ello no fuera redundancia—, una secuencia de grises oscuramente claros arman su iconografía con el color que mejor la define: el del sacrificio.
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