Mostrando entradas con la etiqueta Apóstol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Apóstol. Mostrar todas las entradas

Ese misterio que merece plena compañía



Duele escribirlo, pero no pocos cubanos huyen despavoridamente de José Martí. No en la palabra, que a menudo consigue disfrazarlos, sino en los hechos, ese fiel autorretrato de cada uno. Se alejan un paso de la órbita limpia del Apóstol y muy pronto pierden brújula y gravedad en la andadura moral de esta centuria.

Martí no les conviene. Ese hombre de ropa escasa, de comida frugal, de hondo calado, de cero tienda y tanta alma es un adversario formidable de los esclavos de las marcas y los cultores de lo superfluo que han crecido también aquí, en las márgenes del proyecto cubano, y que a la sombra de unos cuantos billetes pretenden acaparar los beneficios de un proceso que pertenece a todos los cubanos.

Porque junto al pueblo que lucha pulcramente —y que con justicia recibe la mayor parte de las miradas de la prensa— han proliferado vanidades, egoísmos, ambiciones… que se erigen en negación frontal del ideario del héroe de Dos Ríos.


La otra Virgen

Esa tarde aprovechó el impulso del caballo Baconao y subió a galope los trece cielos mayas con la idea de hallarla. Pese a que el nombre sugiriera lo contrario, dejó plantado abajo nada menos que a un Ángel de la Guard(i)a que ya no le serviría, porque se aprestaba a un combate demasiado personal.
 
Cuentan que sin sacudirse el polvo de Dios Ríos preguntó cómo se llegaba hasta ella y, tras no pocas confusiones, algún alma dadivosa le indicó el sendero entre nubes hasta aquella imagen digna de estatuas.
 
―Yo busco a María -susurraba discreto, casi disculpándose.
 
―¡Claro, la Virgen...! -decían en seguida y él, con modestia soberbia, respondía que sí pero no, no era esa la suya...
 
―Mi María es tan bella, y tan santa, como aquella, mas es otra -arengaba a la sombra de un ala el poeta enamorado, subido en una nube que servía de improvisada tribuna a la que ya le llovían los aplausos.
 
En la tierra retumbaba todavía un babélico diálogo de metales pero él no lo escuchaba. A esa hora, el Apóstol caído tenía la misión de impedir que ella se le escapara, viva de amor, de la muerte. El maestro de ternuras se centraba en vivir en el Cielo su oportunidad imposible con la Niña de Guatemala.