Mostrando entradas con la etiqueta Tampa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tampa. Mostrar todas las entradas

Otra mano en la mano de Martí

Aunque cierta norma no escrita parece prohibir a los hombres de Cuba aludir personalmente a la tristeza, admito que esa tarde terminé triste. Aun días después, pasada la página de la sublime presentación que nos regalaron aquellos muchachos y filtrada en la tierra la lluvia de aplausos que les dimos a cambio, la zozobra gobierna sin pausa mi cabeza.

Habíamos asistido a una importante reunión gremial y, casi como un bálsamo para esas cubanísimas tensiones interiores de las que no escapa la prensa, un grupo de niños nos acogió en su sede para mostrarnos sus dotes y abrirnos sus almas con la salvedad de que, esa vez, hicieron más lo segundo que lo primero. 

Fueron casi dos horas de magia pero al cabo, mientras a un son contagioso casi todos los colegas salieron animadísimos, rendidos «a punta de verso y acorde» por el arte, yo acabé —¿irremediablemente?— triste.

Armados con un tabaco

Martí en Tampa, junto a sus colaboradores
Como siempre o como nunca —que para este caso funciona igual—, el discurso en el Hardman Hall de Nueva York, el 10 de Octubre de 1891, sacudió sin escalas a los asistentes: los llevó de la más serena atención a los vítores desenfrenados. Era el tema de siempre, la patria, pero otras las palabras porque el orador nunca se repetía. Jamás se sabía qué iba a decir, mas no hacía falta descubrirlo: a los cubanos les bastaba con enterarse de que él hablaría.

A poco de aquellos aplausos, recibió una invitación desde Tampa, el nido patriótico en el que, con ojos de metrópolis, el Gobierno español veía un “nido de filibusteros”. Néstor Leonelo Carbonell le comunicaba que los emigrados en esa ciudad floridana también querían escucharle.

En seguida él acusa recibo con un telegrama pero, inconforme con su propia reacción, envía detrás una misiva contestando “…la carta de convite a este amigo que responde afirmativamente con el alma henchida de gozo”. El entusiasmo parece delatar que viejos deseos se cumplían: “Y digo que acepto jubiloso el convite de esa Tampa cubana, porque sufro del afán de ver reunidos a mis compatriotas”.

José Martí tenía razones, poderosas por cierto, para corresponder con las suyas las ansias de los tabaqueros.