| Martí en Tampa, junto a sus colaboradores |
A poco de aquellos aplausos, recibió una invitación desde Tampa, el nido patriótico en el que, con ojos de metrópolis, el Gobierno español veía un “nido de filibusteros”. Néstor Leonelo Carbonell le comunicaba que los emigrados en esa ciudad floridana también querían escucharle.
En seguida él acusa recibo con un telegrama pero, inconforme con su propia reacción, envía detrás una misiva contestando “…la carta de convite a este amigo que responde afirmativamente con el alma henchida de gozo”. El entusiasmo parece delatar que viejos deseos se cumplían: “Y digo que acepto jubiloso el convite de esa Tampa cubana, porque sufro del afán de ver reunidos a mis compatriotas”.
José Martí tenía razones, poderosas por cierto, para corresponder con las suyas las ansias de los tabaqueros.