Tiene que habernos mentido; o mejor, tiene que habernos ocultado cosas. Sus ampollas, por ejemplo. Esas ampollas de las que no habla en el Diario de Campaña estaban sin duda allí, flanqueando en islas de prisionera humedad los mismos dedos con los que el alborozado guerrillero le encontró palabras a la lírica de la épica, descubriendo, describiendo, caminos que los mejores prácticos de Cajobabo jamás anduvieron.
Once de abril. “Yo en el puente. A las 7½, oscuridad. Movimiento a bordo. Capitán conmovido. Bajan el bote. Llueve grueso al arrancar. Rumbamos mal.
Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubasco. El timón se pierde. Fijamos rumbo. Llevo el remo de proa”.
Ya se sabe; todos tripulamos alguna vez esa barca: César Salas remaba seguido mientras el general Borrero y Gómez, el Viejo inmenso, hacían lo que podían ayudando de popa bajo una luna de roja mirada que iluminaba la noche con mambisa reverencia. Ángel y Marcos halaban el litoral hasta con la mirada, pero este cubano de tanta letra, este señor Martí, ¿dónde diablos habrá escondido las ampollas?
