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Ese misterio que merece plena compañía



Duele escribirlo, pero no pocos cubanos huyen despavoridamente de José Martí. No en la palabra, que a menudo consigue disfrazarlos, sino en los hechos, ese fiel autorretrato de cada uno. Se alejan un paso de la órbita limpia del Apóstol y muy pronto pierden brújula y gravedad en la andadura moral de esta centuria.

Martí no les conviene. Ese hombre de ropa escasa, de comida frugal, de hondo calado, de cero tienda y tanta alma es un adversario formidable de los esclavos de las marcas y los cultores de lo superfluo que han crecido también aquí, en las márgenes del proyecto cubano, y que a la sombra de unos cuantos billetes pretenden acaparar los beneficios de un proceso que pertenece a todos los cubanos.

Porque junto al pueblo que lucha pulcramente —y que con justicia recibe la mayor parte de las miradas de la prensa— han proliferado vanidades, egoísmos, ambiciones… que se erigen en negación frontal del ideario del héroe de Dos Ríos.


Se busca una voz, viva o no muerta


Tal vez sí. O quizás no. ¿Quién sabe si sea cierto que su voz está apenas dormida en dos cilindros de cera, aguardando una fecha para sorprendernos con frase desconocida?

Es posible que él y Thomas Edison se hayan encontrado en el bullicio de Nueva York y decidieran que una expresión del genio del pensamiento debía registrarse en un aparato del genio de la inventiva para esperar un futuro que a ambos les era demasiado familiar.

Hay quien sugiere, para dejarnos más golosos de la esperanza, que la jornada haya sido aquella sublime y única del 24 de mayo de 1893 en Hardman Hall, donde Rubén Darío estuvo a su lado en discurso patriotico con talante de alumno emocionado que en un abrazo recibió este saludo:

—¡Hijo!

Un fonógrafo: en esta época de máquinas inteligentes y otras no tanto, doy ahora mismo mi reino de ansias por un fonógrafo, uno que tiente con imanes de reverencia esos perdidos cilindros de histórica geometría, hechos con la cera precisa de la virtud.