No quiero hacer lo que el respetado barbero que en Cayo Hueso le ofreció un día quitarle aquellas cuatro o cinco canas primerizas que creía lástima dejar en tan buen pelo.
Martí, que también le declinó olorosa colonia, le dijo que no: además de no pesarle, aquellas hebras blancas jamás aumentarían porque el destino no les permitiría nuevas compañeras.
Yo voy a hacer lo contrario del fígaro que pelaba como cosa común la más preciada cabeza que (se) haya dado Cuba: voy a guiar con estos índices buscadores una tijera de filo diferente, que siembre y multiplique aquellos cuatro o cinco canales de sagrada luz.
Una tijera cuyo corte alargue, en vez de tajar, el hilo que otros esperan que ella corte. Y en lugar de Colonia, voy a ofrecerle a mi cliente aromas de Patria que él no querrá soslayar.
En fin, quiero un José canoso. Quiero un Martí barbudo y también viejo. Uno que, siendo Pepe, provoque en todos el amoroso lugar común: ¡es el vivo retrato de Mariano! Pero lo quiero así, vivo no solo en la metáfora. O al menos lo sueño más durable.
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Una casa entre ríos
Por allí comenzó el combate de Dos Ríos. Él llegó de madrugada, despertando almas desde el primer minuto que le dieron en la tierra, premiando con gritos el embarazo de Leonor, y con sólo nacer determinó que esa casa, más sencilla que los versos que después escribiría, sería la Casa más venerada de su Isla.
Una parte importante de Cuba se alumbraba en el cuartico: el primer hijo de la pareja, el único varón, nacía en el primer mes de 1853, en la planta más cercana al cielo de aquel hogar cuya fachada tenía una marca de extrema vecindad con los años que viviría: el número 41.
Debajo residía Juan Martín y Navarro, primo de Mariano y cuñado de Leonor. La huella en la casa de esta pareja familiar parece perderse en el tiempo a pesar de su doméstico tránsito y de que sus hijos serían compañeros de juegos de José Julián: aunque el niño vivió allí sólo tres años, su luz, esa claridad sin par que aún ilumina un largo mapa, eclipsó para siempre todos los nombres que ella cobijó.
Una parte importante de Cuba se alumbraba en el cuartico: el primer hijo de la pareja, el único varón, nacía en el primer mes de 1853, en la planta más cercana al cielo de aquel hogar cuya fachada tenía una marca de extrema vecindad con los años que viviría: el número 41.
Debajo residía Juan Martín y Navarro, primo de Mariano y cuñado de Leonor. La huella en la casa de esta pareja familiar parece perderse en el tiempo a pesar de su doméstico tránsito y de que sus hijos serían compañeros de juegos de José Julián: aunque el niño vivió allí sólo tres años, su luz, esa claridad sin par que aún ilumina un largo mapa, eclipsó para siempre todos los nombres que ella cobijó.
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