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Se busca una voz, viva o no muerta


Tal vez sí. O quizás no. ¿Quién sabe si sea cierto que su voz está apenas dormida en dos cilindros de cera, aguardando una fecha para sorprendernos con frase desconocida?

Es posible que él y Thomas Edison se hayan encontrado en el bullicio de Nueva York y decidieran que una expresión del genio del pensamiento debía registrarse en un aparato del genio de la inventiva para esperar un futuro que a ambos les era demasiado familiar.

Hay quien sugiere, para dejarnos más golosos de la esperanza, que la jornada haya sido aquella sublime y única del 24 de mayo de 1893 en Hardman Hall, donde Rubén Darío estuvo a su lado en discurso patriotico con talante de alumno emocionado que en un abrazo recibió este saludo:

—¡Hijo!

Un fonógrafo: en esta época de máquinas inteligentes y otras no tanto, doy ahora mismo mi reino de ansias por un fonógrafo, uno que tiente con imanes de reverencia esos perdidos cilindros de histórica geometría, hechos con la cera precisa de la virtud. 
 

El Torrente no llora

Peleando con la palabra no tuvo que esperar a 1895: desde muy joven fue como un Mayor General al mando de verbos artillados. Le ascendieron  en ceremonias de aplausos los humildes tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso, los patriotas de Nueva York, los emigrados cubanos de Jamaica, República Dominicana, Costa Rica, Panamá… Escucharle era otro modo de empuñar un machete y seguirle a cortar las amarras de su Isla.

El orador José Martí ganó mil batallas en la tribuna, aunque no le escasearon cicatrices. Sus discursos están hoy incompletos por varios flancos: unos cuantos se perdieron en el fragor de la arenga, y aun suponiendo que todos los que han sido conservados contuvieran cada una de sus palabras, no pueden mostrarnos el vuelo terrenal, el trueno y la nube, la sacudida y el éxtasis, el fuego sereno con que él las pronunciaba. Todo eso tenemos que hallarlo nosotros… huérfanos de su voz.

Como el pez, que mata y muere por la boca, Pepe Martí ganó con la palabra los más severos castigos y las mayores conquistas humanas; de sus discursos le nacieron enemigos férreos y amigos inclaudicables; también surgieron de ellos las anécdotas más insospechadas: ¿se imaginan que él, el muy serio José Martí, cargó a sus espaldas con dos apodos por asuntos de tribuna?