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Siete lirios

Mariana Salustiana, Ana
Pese al viento paciente que ha gastado la tierra, el verso exige todavía: “Decid cómo logró morir sin verme / y —puesto que es verdad que lejos duerme— / ¡Decidme cómo estoy aquí despierto!”. El poeta fue rebasado por el hermano, que a más de un mes del deceso de Ana en México, en 1875, no pudo evitar que el dolor le hiciera surcos de rimas en sus hojas de cosecha.

Más adelante, las cicatrices afloraron nuevamente en uno de sus complejos Versos Sencillos: “Si quieren, por gran favor, / Que lleve más, llevaré / La copia que hizo el pintor / De la hermana que adoré”.

Antes que Mariana Salustiana —su querida Ana—, otras dos hijas de Mariano y Leonor habían muerto cuando Pepe era apenas un adolescente. El luto entró a casa por vez primera en 1865; entonces el muchacho tenía 12 años y parecía —más serio, más mayor, más espigado y recio como era— el tallo de siete rosas.

Eso fue siempre José Martí, un cuidador de flores que vio caer tres tiernos pétalos y amó con garra y blandura a los otros cuatro, dispuesto como estaba a protegerlos, aunque para ello precisara las espinas.