No pudo resistir ninguno de ellos el impulso preciso de cantarte. José Manuel Carbonell dijo de ti que viviste “...con la fe misteriosa del profeta y el aliento inmortal de los titanes”, mientras Rodríguez Embil te contó en letras su descubrimiento: “Hay algo en ti ―te reveló diciéndonos― de Cristo y Don Quijote...”
Francisco Sixto Piedra pensó que tú eras Cuba misma batallando y Byrne, aquel poeta que te llamó “Lírico domador de corazones”; Byrne, aquel que rimaba tejiendo franjas de Bandera, te imaginó dormir y contó el sueño: “Soñaba con las palmeras, con las palmeras soñaba; y al verlas, imaginaba que eran novias hechiceras”.
Muchos hablaron de tu increída muerte. Miguel Coyula supo entender que ni con ella “...se eclipsó la Estrella Solitaria, sino que fue mayor su centelleo...” de modo que no asombra la forma en que te nombra Raúl Gómez García, quien ante tu tumba útil vio a todos los cubanos postrados de rodillas.
No fueron pocos los que describieron tu amargura patriótica, indómita amargura: fuiste, para nuestra Zambrana, “El genio errante, pálido y sin calma, que sintió en las tinieblas de su alma estremecerse el sol”. No le tembló la pluma a Hilarión Cabrisas para dejar en verso este retrato muy tuyo y muy huérfano de risas: “Tú también fuiste triste, Martí. Tú también fuiste inmensamente triste...” te susurró a nuestro oído mientras buscaba: “¿Qué abismo más abismo que tu alma...”

