El poeta en verso convertido

No pudo resistir ninguno de ellos el impulso preciso de cantarte. José Manuel Carbonell dijo de ti que viviste “...con la fe misteriosa del profeta y el aliento inmortal de los titanes”, mientras Rodríguez Embil te contó en letras su descubrimiento: “Hay algo en ti ―te reveló diciéndonos― de Cristo y Don Quijote...”

Francisco Sixto Piedra pensó que tú eras Cuba misma batallando y Byrne, aquel poeta que te llamó “Lírico domador de corazones”; Byrne, aquel que rimaba tejiendo franjas de Bandera, te imaginó dormir y contó el sueño: “Soñaba con las palmeras, con las palmeras soñaba; y al verlas, imaginaba que eran novias hechiceras”.

Muchos hablaron de tu increída muerte. Miguel Coyula supo entender que ni con ella “...se eclipsó la Estrella Solitaria, sino que fue mayor su centelleo...” de modo que no asombra la forma en que te nombra Raúl Gómez García, quien ante tu tumba útil vio a todos los cubanos postrados de rodillas.

No fueron pocos los que describieron tu amargura patriótica, indómita amargura: fuiste, para nuestra Zambrana, “El genio errante, pálido y sin calma, que sintió en las tinieblas de su alma estremecerse el sol”. No le tembló la pluma a Hilarión Cabrisas para dejar en verso este retrato muy tuyo y muy huérfano de risas: “Tú también fuiste triste, Martí. Tú también fuiste inmensamente triste...” te susurró a nuestro oído mientras buscaba: “¿Qué abismo más abismo que tu alma...”


Envidia cubana del amor de Mercado

En la estación de Buenavista se inició un largo itinerario de abrazos
No me oculto entre letras; hoy quiero proclamar mi pública envidia. Le envidio esa coincidencia que lo llevó a nacer otro 28 de enero, el de 1838, aunque en cuna mexicana. Le envidio, entonces, los cumpleaños al unísono, pese a que  siempre faltara al dúo un dónde qué cuándo con qué celebrar. Le envidio esa cercanía que comenzó a cosecharse nada menos que por la áspera orilla de Don Mariano. Le envidio su hombro de socorrer, que encontró tumba a la hermana muerta del amigo aún desconocido.

Le envidio la espera animada, junto al valenciano,  del tren de Veracruz, el 10 de febrero de 1875, que trajo a aquel jovencito tan lleno de patria que no parecía tener 15 años menos. Le envidio ese abrazo, primero sin último, cuando Mariano diría: “Pepe, este es Manuel Mercado”, y pronunciaría un buen viceversa.

Le envidio los empleos conseguidos al cubano irrepetible y las recomendaciones que, a la corta, terminaban recomendando al recomendador. Le envidio a morirme que fuera él quien, a la vista de Carmen, le respondiera a José Julián la pregunta que abrió muy dulces tormentos: “¿Quién es esa joven...?”. Y, por supuesto, le envidio que el 20 de diciembre de 1887 fuera testigo de aquella boda cubana que justo en su hogar celebró su civil ceremonia.   

Por envidioso, hasta envidio los largos años de separación de los dos hombres que produjeron cartas como las que no he recibido y no alcanzo a escribir. Las 141 esquelas de Pepe a Manuel abrieron al mundo un mapa del alma compleja y completa de José Martí y pintaron con tintes irrepetidos el rostro escondido del gran mexicano.

“Mi hermano muy querido, el más querido...” le escribió un día de abril de 1885 el cubano despertándome, un siglo después, envidias insomnes.
Martí le quería con ternura y agradecimiento, con respeto, que son las únicas maneras en que se debe querer. Todo eso tuvo este mexicano modesto, que no cejó en su sencillez aun cuando ocupara importantes cargos de gobierno. 

“Usted, a la escondida, salva honras, ampara caídos...”, le susurró el cubano en unas letras a las que no renuncio.  Es pura envidia, si la hubiere, nada más. Definitivamente, en días en que releo una carta inconclusa que quiero para mí, yo sueño simplemente con cambiar el nombre del destinatario.